Situación Nro 2. – Natalia Giannangeli
Texto Julián León Camargo
Tal vez uno de los atrevimientos más extraordinarios a la vez que nefastos de Borges haya sido imaginar a Funes: la idea de un hombre que no puede olvidar es, si uno lo piensa con calma, una cosa terrible, espantosa. Un hombre que tiene presentes todos los momentos que ha vivido, todas y cada una de las imágenes que ha visto, cada texto, cara, árbol, risa, gato, perro, descanso, agitación, dolor, angustia, árbol, casa, cada habitación en la que ha entrado, cada espera, cada sueño, cada dicha, tener todas y cada una de las experiencias buenas, malas, cómicas o trágicas vivas en la mente es una tortura que ninguna persona podría soportar. El olvido es un regalo que valoramos poco. Poder desplazar lo vivido a ese intrincado archivo que llamamos memoria es un don preciado que damos por sentado. Sin embargo en ese proceso de desplazamiento hay rezagos, marcas indelebles, fantasmas, ecos. No se trata de recuerdos, no, recordar es una acción propia del archivo que como su nombre lo indica consiste en volver a traer (al corazón). No, estos ecos son otra cosa, son el peso de algo que uno no supo nombrar en su momento y que regresa para instalarse en la vida cuando ya no se puede ignorarle. Es como si el pasado tuviera paciencia infinita y esperara el momento exacto para decir: “¿Lo ves ahora?”. Freud le puso un nombre complejo pero hermoso: “acción diferida”. En realidad es algo que todos llevamos dentro: esas manos invisibles del ayer que todavía nos moldean, aunque pensemos que ya somos libres.
Como cuando eras un niño en una reunión familiar, de esas donde los adultos beben vino barato y hablan de cosas que no entiendes, pero te piden que estés quieto, que sonrías, que seas “bueno”. De repente, haces algo insignificante, como tocar un mantel, mover un vaso o simplemente respirar más fuerte de lo que deberías. Y ahí está la mirada de la autoridad, con esos ojos que no admiten disculpas. Sin decir nada, se acerca y te coloca una mano encima, sin ternura, con una fuerza que te deja marcado, como si estuviera esculpiendo algo en ti, algo que no entiendes.
Esa mano no solo aprieta. Te mueve, te gira, te coloca frente a los demás como si fueras una estatua que es necesario ajustar para que quede bien en la vitrina. Tú te quedas ahí, más pequeño que antes, sintiéndola y aunque ya no está sobre ti, parece haberse quedado grabada en tu piel.
En ese momento no piensas mucho. Solo sabes que algo no está bien, pero no tienes palabras para decirlo. Es una escena más, una de tantas, en una infancia donde el mundo se mueve a tu alrededor y tú solo intentas no molestar demasiado.
Años después, ya adulto, estás en una cena cualquiera. Tu pareja te toca el hombro, un gesto simple, cariñoso, pero algo en ti se crispa. No entiendes por qué. Es solo un toque, una mano que no tiene nada que ver con aquella de tu infancia, pero ahí está el eco. Y entonces lo recuerdas. No la mano de tu madre en esa reunión, sino lo que significaba: que no eras tú quien decidía dónde estaba o cómo se movía tu cuerpo.
Ese gesto, insignificante para cualquiera, regresa con toda su carga. La escena del pasado se reescribe con las herramientas del presente. Te das cuenta de que no era solo una mano en el hombro. Era una lección tácita sobre cómo debías comportarte, sobre quién tenía el poder, sobre cómo serías moldeado incluso cuando no lo entendías; acción diferida.
Ahora, sobre la mesa, los alimentos descansan, cubiertos por una capa gruesa, una costra crujiente y brillante que los hace parecer inaccesibles. Los comensales observan, como si la apariencia misma de los platos estuviera desafiante, esperando una intervención. La costra no es solo un adorno; es una barrera. Cada plato, en su interior, guarda lo que necesita ser descubierto, pero primero hay que quebrar la superficie. El crujido bajo el martillo, las pinzas que extraen difícilmente la comida, todo eso marca el momento de transición: el paso de lo inalcanzable a lo tangible.
Cada corte se siente como un pequeño ritual, un acto de paciencia. Se necesita romper algo, ir más allá, y al hacerlo, la costra cede, pero de manera controlada, como si estuviera pidiendo a los comensales que se detengan, que se tomen un segundo para apreciar lo que está por venir. La mesa está llena de silencios, del sonido leve de los utensilios en la superficie, del suspiro apenas audible cuando la sección finalmente cede. Hay una tregua entre lo que se muestra y lo que está oculto, una necesidad de postergar lo que está esperando a ser consumido.
Es un momento en el que el esfuerzo precede al placer, como si la recompensa, lo que yace debajo, solo pudiera ser disfrutado después de la espera, después de haber quebrado esa capa, que es más que un simple recubrimiento. Cada bocado es ahora una revelación, pero no es solo el gusto lo que se disfruta. Es el proceso, la resistencia, el pequeño triunfo al acceder finalmente a lo que se ha mantenido apartado. En cada plato, la costra es una invitación a algo más profundo, como si lo que se guarda dentro de esa capa estuviera esperando ser descubierto solo cuando el tiempo de espera haya pasado.
Lo que está allí, bajo esa capa, no es solo comida. Es un testimonio de lo que se preserva, de lo que se deja en pausa, de lo que se retiene hasta el momento justo. Y en ese momento, en ese pequeño acto de quebrar lo inaccesible, los comensales sienten la satisfacción, no solo de comer, sino de haber esperado el tiempo necesario para saborear lo que ahora se les ofrece.
Tal vez cuando finalmente los trozos de la costra caen, y el interior se revela, haya un suspiro colectivo, casi imperceptible, como si cada uno de los presentes soltara algo que lleva dentro. El acto de compartir esa mesa no es solo comer, es purgar algo, es dejar ir una pequeña parte del peso que todos traen consigo. Cada bocado se vuelve un acto de reconciliación, una manera de procesar lo que antes parecía inabordable.
Una catarsis, sí, pero no de la manera en que uno imagina, con grandes gestos o explosiones emocionales. No, es un alivio sutil, casi íntimo, que ocurre mientras las manos trabajan, mientras los dientes mastican, mientras el sabor salado queda en la lengua como un recordatorio de lo que significa conservar y liberar al mismo tiempo. Participar de esta mesa no es solo romper una capa; es quebrar algo en uno mismo, sin dramatismos, pero con un peso que se siente.
No se puede decir con certeza si todos lo sienten, si todos perciben esa levedad presente en el aire. Pero es posible que, al terminar la comida, algo haya cambiado.