TODO HILO ES UNA FE Y TODA MESA UN EXPERIMENTO
(Sobre Situación Nro 1. de Natalia Giannangeli) Por Julián León Camargo
Hace varios años en Bolívar, un pueblo en el interior de la Provincia de Buenos Aires, en Argentina, alguien ponía una mesa: mantel, servilletas, cubiertos, vasos de vidrio, platos, una fuente con milanesas de peceto, puré de papa, alguna ensalada ocasional. Nada distinto de cualquier otra mesa argentina. Algo de vino, alguna limonada, coca cola o agua saborizada, tal vez soda. El Padre en la cabecera, la madre que nunca se sienta porque está pendiente de servirle todo a todos y las hijas obedientes a este ritual familiar en sus sillas. Largas conversaciones, risas, anécdotas, así como discusiones acaloradas, algunos gritos, llantos, silencios incómodos, todo ese conjunto de situaciones variopintas de la vida familiar que se debate entre el orden y el caos de lo cotidiano. Tal vez en aquellos días de cenas familiares es que se comenzó a gestar en Natalia esta pasión que podemos reconocer hoy en día en sus grandes y elaboradas mesas. Tal vez en aquel mantra alimenticio comunitario es donde Natalia comprende que armar una mesa es configurar un dispositivo efímero que busca el acontecimiento, que persigue la naturaleza impredecible de lo espontáneo. Tal vez en cada cena hogareña de aquellos años perdidos en la memoria de Bolívar es cuando Natalia entiende que toda mesa es una invocación de lo incierto, una plegaria fervorosa por la sorpresa.
El día de hoy Natalia nos invita a sentarnos en una nueva mesa. Cada elemento presente nos señala de diversas formas un evento del que todos hemos participado de una u otra manera a lo largo de nuestras vidas; mudarse, mover eso que llamamos hogar de un punto a otro. Es probable que, en esta ciudad llena de inmigrantes, de peregrinos y forasteros, esta mesa resuene de manera particular. Mudarse es una de las experiencias más estresantes que experimenta una persona en su vida. Empacar es una tarea difícil, tortuosa que implica en mayor o menor medida un inventario de nuestras pertenencias y lo cierto es que ya decía Humberto Eco alguna vez que todo inventario es “un intento de darle orden al infinito”, y es que cuando uno comienza a empacar y embalar cada uno de los objetos que ha ido acumulando con los años es usual sentirse abrumado. Los objetos parecen extenderse hacia el infinito y no suele ser raro que en medio de dicha tarea aparentemente interminable uno se pregunte en qué momento uno reunió tantas cosas.
Por eso toda mudanza tiene un momento inevitable de edición, en el que uno aprovecha la ocasión para deshacerse de lo prescindible, para tirar todo aquello que no merece cruzar al otro lado y para seleccionar, en ese infinito número de evocadores de recuerdos que son las cosas, lo que uno no puede permitirse dejar atrás. Primero lo útil, lo necesario, sofás, ollas, platos, lámparas, etc… esa parte es relativamente fácil, tal vez algún edredón viejo sea desechado, puede que sea el momento para deshacerse de ese jarrón de mal gusto que obsequió la tía materna o incluso la oportunidad para obsequiar y hasta subastar el sofacama que tanto espacio ocupa y que nunca se usó. La parte complicada viene después; hay objetos inútiles que nos acompañan siempre, que nos anclan al pasado, que extienden raíces en nuestra historia. El reloj de péndulo de la abuela que nunca da la hora bien, los libros marcados por quemaduras de tabaco del padre, las cartas de amor de ese romance adolescente que no prosperó pero nos marcó para siempre, el viejo televisor de tubos que nos compró nuestra madre con su sueldo de un mes para acompañarnos mientras cursamos los primeros años de la facultad, las copas vintage que compramos en aquel mercado de pulgas cuando nos mudamos a vivir solos por primera vez, el trofeo de aquel campeonato de fútbol que ganamos con ese gol glorioso de último minuto.
¿Cómo deshacerse de estas cosas inútiles?, ¿cómo despedirse de esas reliquias que cuentan un poco de nuestra historia? No, no podemos, sabemos que tirar una sola de esas cosas sería perder un poco de nosotros mismos y ese acto de valentía y despojo suele ser poco usual. Entonces las empacamos, cuidadosamente las protegemos una a una para que sobrevivan el viaje, las rodeamos con afecto para que viajen con nosotros. Algo de cartón, o tal vez plástico de burbujas, cualquier medio que permita que lleguen a buen puerto.
En esta ocasión Natalia usa hilo para envolver estos objetos, los enrolla uno a uno con una madeja para generar una capa protectora alrededor de ellos. La acción carece de practicidad, pero rebosa de poesía; como si el hilo fuera una línea que conecta todos estos objetos que de otra manera no tienen conexión alguna, una línea que los vincula como puntos de una misma historia, de una narrativa que al final del día es el relato de nuestras vidas. Natalia es un hilo que conecta a todas estas cosas, a este lugar, a nosotros mismos que ahora nos sentamos en la mesa antes de que los hombres de la mudanza levanten todo y den por terminado esta cena.